
Hay historias que nacen en las líneas invisibles que dividen a dos países y otras que se proyectan hacia las fronteras más lejanas del espacio y del tiempo. El escritor y publicista argentino-paraguayo Axel Germán Jouck transita ese territorio híbrido donde la empatía, la memoria regional y la especulación fantástica se entrelazan para interrogar la condición humana.
Autor de obras como El peso de los milagros y Relatos de frontera, Jouck reflexiona en esta entrevista sobre el valor de la identidad en los márgenes, el aprendizaje de dar voz a vivencias ajenas y su actual incursión en la ciencia ficción con su próximo libro, Espacio intrasolar.
Como broche de oro a esta conversación, presentamos su relato Desesperanza: una mirada cruda, distópica y profundamente conmovedora a un mundo que se apaga en silencio por el colapso demográfico, donde la soledad de la vejez y la búsqueda de refugio revelan las grietas más oscuras del porvenir.
ENTREVISTA
1. Axel, tu biografía cuenta que el sueño de publicar comenzó a proyectarse desde tu adolescencia. ¿Qué soñaba aquel Axel adolescente que quería convertirse en escritor y cuánto queda de ese sueño en el escritor que eres hoy?
Mis sueños cambiaron poco desde aquel entonces. Soñaba con crear personajes y mundos que desde hacía mucho tenía en mi cabeza, contándome historias solo para mí mismo, para mis ratos libres —a veces viendo películas, series o historias de videojuegos y reimaginándolas, creando caminos alternativos; a veces creando historias desde cero y luego olvidándome de ellas para siempre—, solo para mi propio entretenimiento. Cuando empecé con la escritura me di cuenta de que estas historias no tenían por qué vivir y morir solo en mi cabeza y, desde ese momento, tuve el anhelo de compartirlas y, al hacerlo, inspirar a otros de la misma forma que otros autores me inspiraron a mí. Ese anhelo sigue siendo el mismo hoy en día; solo que, a estas alturas, ya conseguí llegar a otras personas. Ahora el objetivo es aumentar el número, porque es emocionante ver lo diversas que son las reacciones e interpretaciones de la gente ante lo que uno escribe.
2. Naciste en Formosa y actualmente vives en Asunción. Has construido buena parte de tu obra entre Argentina y Paraguay. ¿Qué significa para ti pertenecer, literariamente hablando, a ese espacio entre dos países?
Vivir en dos lugares al mismo tiempo tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Por lo bueno, uno tiene más oportunidades, puede hacer más contactos, diferentes grupos de amigos, conocer más lugares. Por el lado malo, el tener más de todo esto no significa que se pueda aprovechar al completo: a veces tengo oportunidades que no puedo aprovechar porque justo en ese momento estoy en el otro país. Aun así disfruto de esa situación; no sé cuánto vaya a durar, pues no descarto que, eventualmente, me quede en un solo lado o termine marchándome a otro lugar distinto; no me siento arraigado a ningún sitio en particular. El vivir en dos países a la vez fue lo que me dio la perspectiva para escribir mi segundo libro, Relatos de frontera, que se trata justamente de eso: vivencias de personas reales en la frontera entre Paraguay y Argentina. Es un libro que tiene buen recibimiento, pues a la gente, tanto de un país como del otro, le interesa leer sobre algo conocido, al mismo tiempo que leen sobre la otra parte, la del país vecino, que no conocen tanto.
3. Estudiaste publicidad y te especializaste en redacción creativa. ¿Cómo influyó esa formación en tu manera de escribir literatura?
La publicidad y la redacción creativa me dieron algunas nociones sobre cómo atrapar la atención de la gente y cómo mostrarles lo que les cuento. Cuando me refiero a mostrar, quiero decir que intento que no sientan que están leyendo, sino mirando una película. La redacción creativa tiene como objetivo, entre otras cosas, retener la atención de potenciales clientes, hacer que se sientan interesados y hacerlo usando la medida justa de palabras, sin términos recargados o pretenciosos. Cuando la gente lee mi trabajo suele comentar que «ve» lo que está pasando, por lo que se le hace más fácil terminar; yo pienso que en parte es gracias a aplicar algunos tips de redacción creativa y publicitaria en momentos puntuales del texto.
4. Has pasado por ámbitos tan diferentes como la publicidad, las ventas, el modelaje y el coaching ontológico. ¿Qué te han enseñado esas experiencias sobre las personas y cuánto de ese aprendizaje termina entrando en tus historias?
Si tuviera que resumirlo en una palabra, sería empatía. Hacer diversas actividades, muy diferentes entre sí, ayuda a dar perspectiva, algo muy bueno cuando uno se pone a escribir sobre la vida ficticia de un personaje. En algunos de estos caminos que recorrí necesité ser muy introspectivo y cauto, mientras que en otros tuve que ser extrovertido, incluso atrevido. Esto ayuda a imaginarte lo que piensan o sienten otras personas. Hacer actividades tan distintas fue una decisión que tomé de forma muy consciente porque, algunos años después de empezar a escribir sobre la vida de personajes imaginarios, me di cuenta de que podía escribir la historia del personaje más importante de todos: yo. Y si lo iba a hacer, no podía dejar que fuera una historia aburrida; necesitaba conflicto, y en una vida corriente y pacífica como la que muchos tenemos, el motor del conflicto es lanzarse a hacer cosas nuevas y desafiantes: cosas que den miedo, pero también mucha satisfacción al conquistarlo. Me da mucho orgullo decir que soy el escritor de mi propia vida y, aunque dudo que de esta salga un bestseller, es suficiente para no sentirme aburrido, porque siempre buscaré más; no por insatisfacción, sino por el placer de vivir la novedad.
5. El peso de los milagros fue tu primera novela corta y, además, una obra que comenzó a gestarse desde tu juventud. ¿Qué recuerdas de aquel momento en que nació la historia y qué había detrás de la decisión de contarla?
El peso de los milagros nació para un concurso de novela a nivel nacional en Paraguay. Ya por ese entonces lo que más me atraía era la ciencia ficción, pero ese es un género que no llama la atención lo suficiente por esta parte del mundo y ciertamente no creía que a los jueces del concurso les interesara; necesitaba algo un poco más «cercano», pero manteniendo un toque de lo fuera de lo común, como me gusta. La idea de un joven con el don de la sanación nació de esa empatía que todos tenemos al ver a alguien en un momento de dolor o enfermedad y desear que se recupere pronto. Alguna vez todos deseamos poder exorcizar los males de las personas solo con un chasquido de dedos, sin que nos llevara tiempo o esfuerzo, y de ahí nació la «pregunta semilla»: ¿qué pasaría si en el mundo existiera alguien que de verdad pudiera hacer algo así? A partir de responder a esa pregunta se construyó la columna vertebral de la trama que se convertiría en mi primer libro.
6. El protagonista, Manuel, tiene la capacidad de sanar a otras personas con solo tocarlas, pero decide utilizar ese poder de manera discreta y desinteresada. ¿Por qué te interesaba explorar la idea de alguien que posee una capacidad extraordinaria pero que no busca reconocimiento por ella?
Me interesaba explorar esa noción que tienen muchos jóvenes de desear tener superpoderes: cuando uno está creciendo y empieza a ver lo complicado que es el mundo, suele fantasear con atajos para resolver problemas; eso suele aparecer en la imaginación en forma de poderes sobrenaturales. Mi intención era darle un giro a esa fantasía de empoderamiento y mostrar que, con el poder, también llega una carga, que es la de decidir qué hacer con él y entender que eso cambia no solo la vida del individuo, sino la de todo el entorno, o incluso la del mundo entero. También quería explorar la idea de que aquellos capaces de ayudar a otros tienen que soportar el peso del deber y la responsabilidad. Los médicos, por ejemplo, no tienen poderes, pero su oficio es muy sacrificado y no se pueden dar el lujo de negarse a atender a un paciente porque no estén de humor o no tengan ganas; lo mismo aplica para otras personas cuyo oficio va por ese camino: se trata de entender que esas personas también tienen vidas y sacrifican parte de estas para servir a los demás. A veces sacrifican demasiado.
7. En la historia aparece una pregunta muy humana: ¿Qué responsabilidad adquiere una persona cuando tiene la capacidad de cambiar la vida de los demás? ¿Era esa una de las preguntas centrales que querías plantear cuando escribiste el libro?
Sí, era uno de los temas que quería mostrar. Mi padre es médico y tengo un tío que fue policía toda su vida; ambos son oficios donde se sacrifica tiempo, estabilidad y paz mental con el fin de servir a otros, a personas desconocidas que, por lo general, no van a perdonar ningún error ni descuido. Son oficios donde uno da mucho, pero el margen de tolerancia ante las fallas es muy estrecho. Quería mostrar que, cuando uno adquiere la capacidad de mejorar la vida de otros, con todo lo bueno que eso es, también viene el peso de esa responsabilidad. Al mismo tiempo, quería mostrar que esa gente con la capacidad de ayudar sigue siendo personas que se cansan, se estresan, tienen días malos y sufren.
8. Manuel ayuda a otros porque siente empatía por ellos, pero todo cambia cuando se ve obligado a utilizar su poder delante de otras personas. ¿Qué te interesaba explorar más: el poder en sí mismo o las consecuencias de que los demás descubran que alguien posee ese poder?
Quería explorar cómo el poder afecta a una persona que es de naturaleza altruista. Manuel es un buen chico, pero no está libre de tentaciones, no es un ángel. Entiende que lo que le conviene es mantener un perfil bajo para tener una vida normal, pero al mismo tiempo desea el reconocimiento: quiere el amor y la gratitud de la gente a la que ayuda y que por tanto tiempo se negó a recibir por este anonimato autoimpuesto. Cuando la circunstancia lo pone en un aprieto sobre si revelarse o no, cede ante la tentación de por fin ser reconocido como merece, porque quiere ser amado, quiere ser importante, y en ese momento olvida lo que implica que el mundo sepa lo que podía hacer; eso es el inicio de un cambio para su vida que no puede controlar.
9. Si hoy volvieras a encontrarte con el Axel que escribió El peso de los milagros, ¿Qué le dirías sobre aquel primer libro y sobre el camino literario que terminó construyendo después?
Primero, le diría que ponga los pies en la tierra, pues por aquel entonces fantaseaba más de lo que escribía; segundo, le daría un montón de tips y consejos sobre cómo hacerlo mejor, y así me ahorraría años de estudio autodidacta; tercero, le diría que no tenga miedo.
10. Después de una novela corta centrada en un personaje con una capacidad extraordinaria, llegas a Relatos de frontera, donde el protagonista parece ser otro: la propia frontera. ¿Cómo nació ese cambio de mirada?
Me parece que era inevitable que terminara escribiendo un libro de esta clase. Llevo muchos años viajando de un país al otro, lo que no solo me permitió vivir muchas experiencias, sino conocer a gente que también las vivió. La idea apareció en mi cabeza un día mientras viajaba por la ruta de Argentina a Paraguay en compañía de mi madre. «¿Y si escribo un libro sobre las cosas que pasan en la frontera?», tanteé. A ella le gustó la idea y, con ese primer visto bueno, empecé a expandir la pregunta semilla. Al principio las historias iban a ser ficticias, pero pronto me di cuenta de que la realidad tiene cosas más interesantes que ofrecer, así que dediqué un año a buscar esas historias, entrevistando a personas y buscando sucesos reales en los cuales inspirarme.
11. En la sinopsis dices que entre Argentina y Paraguay existen historias «jocosas y bellas», pero también dramáticas y oscuras. ¿Qué tiene la frontera que la convierte en un territorio tan fértil para contar historias?
La frontera entre cualquier país es una pared imaginaria que intenta contener de forma política a dos grandes grupos de gente. Por supuesto, esto funciona solo a medias. Ambos pueblos están separados, pero resulta que la pared está llena de poros por donde se filtran las personas con sus costumbres, idiomas, hábitos y experiencias. Interactúan, hay confusiones graciosas, hay conflicto, hay intercambio. Las fronteras son márgenes que dividen, pero que también son el crisol donde hay mezcla y unión. Cualquier persona que viva en una frontera lo entiende de un modo u otro.
12. El libro reúne relatos inspirados en personas y acontecimientos de ese espacio donde «las culturas se mezclan, los contornos se confunden y lo increíble puede ser perfectamente posible». ¿Dónde termina para ti la realidad y dónde comienza la imaginación cuando construyes estos relatos?
Para empezar, quiero aclarar que Relatos de frontera no es un libro divulgativo ni de carácter documental; no busca el rigor histórico ni apegarse a un realismo estricto. Con esto no quiero decir que ocurran cosas de fantasía, sino que hay relatos que se basan en sucesos donde yo no estuve ni tuve la oportunidad de entrevistar a sus protagonistas, por lo que leí las fuentes y luego llené los huecos con algo de ficción. Pero para otros relatos lo que está escrito es exactamente lo que los protagonistas me narraron, casi palabra por palabra, y solo nos queda al lector y a mí confiar en la veracidad de esas experiencias. Para mí, este libro se aferra en la medida de lo posible a la realidad, justamente porque busca ser verosímil en lo que se cuenta, con una pizca de ficción para dotarlo de más carga narrativa.
13. ¿Hay alguna historia de Relatos de frontera que haya nacido de una anécdota que escuchaste de alguien y que te haya hecho pensar: «Esto tengo que convertirlo en literatura»?
Sí, varias. La que más me provocó esa sensación es la que está protagonizada por un cazador de tesoros profesional. En Paraguay ocurrió un hecho histórico muy trágico que se conoce como la Guerra de la Triple Alianza o la Guerra Grande, donde el pueblo paraguayo fue casi exterminado. En aquella época era un país muy rico y, en la huida de su clase más acaudalada, muchas familias enterraron sus riquezas. Hay tesoros que permanecen enterrados hasta el día de hoy, y cazadores de tesoros siguiéndoles la pista para encontrarlos; es un submundo lleno de marginalidad, códigos de caballeros, codicia, misterio, historia y traición. La persona que me compartió su experiencia me contó sobre todo ello durante casi dos horas y, al terminar, sentí pena por tener que resumirlo en un relato corto: lo que me había contado tenía potencial para ser una novela completa. Tal vez algún día la escriba.
14. La frontera suele entenderse como una línea que separa dos territorios, pero en tu libro parece funcionar más bien como un lugar de encuentro. ¿Crees que la literatura puede ayudarnos a entender las fronteras de una manera diferente?
Espero que sí, sobre todo a la gente que vive cerca de estas fronteras. Para los que nacemos cerca de otro país, el vivir cerca de una frontera no es nada increíble, ya que es donde nacimos, es lo conocido y de lo más mundano: la gente está acostumbrada a salpicar el español con el guaraní, a preparar comidas tanto argentinas como paraguayas, a mezclar mitos de un lado como del otro; para nosotros es algo tan normal como la salida del sol. Uno de los objetivos del libro es mostrarles a las personas que viven en esta normalidad fronteriza que hay belleza en vivir donde dos culturas se encuentran, y que así puedan valorarlo un poco más.
15. También participaste en numerosas antologías de Argentina y Paraguay y ayudaste a Jorge Ramos a construir Mis viajes con José Gaspar. ¿Qué has aprendido de escribir historias que pertenecen a otras personas y de convertir recuerdos ajenos en literatura?
Escribir para otra persona es muy diferente a escribir para uno mismo. En cierto sentido es más fácil, porque no tengo que pensar en qué escribir: eso viene de la cabeza del autor del libro, que me contrató para ser su «escriba». Por otro lado, también es complicado, porque yo como escritor puedo tener diferencias creativas o desencuentros con el autor, que se aferra a su visión. Queda en mi mano persuadirlo de aceptar mis sugerencias o dejarle hacer lo que crea correcto; a veces es caminar sobre una cuerda floja donde hay que mantener un frágil equilibrio. Así y todo, el resultado fue satisfactorio, y el libro Mis viajes con José Gaspar es una obra llena de las asombrosas aventuras de un actor de teatro y su obra unipersonal por todo el mundo.
16. Has trabajado tanto con la ficción como con historias basadas en experiencias reales. ¿En cuál de esos dos territorios sientes que tienes mayor libertad como escritor?
Sin duda, en la ficción. Entiendo que la no ficción tiene su propio valor; la verdad es que todo lo que es ficción proviene, de una u otra manera, de la no ficción. Pero me considero una persona muy imaginativa y, además, propensa a la exageración; para mí, la ficción tiene mucho de eso: tomas una situación corriente y la llevas a otra escala para transmitir una idea, para dar un mensaje, un recordatorio o una advertencia; a veces solo porque es divertido volverse loco con personajes o mundos absurdos, futuristas o exageradamente tétricos.
17. En tus libros aparecen de distintas maneras temas como la empatía, la identidad, la memoria, los vínculos humanos y la cultura regional. ¿Hay una pregunta que atraviese toda tu obra aunque cambien los personajes y las historias?
En esta etapa de mi trayectoria, que podría llamar «la etapa preciencia ficción», creo que lo que busco transmitir sería algo como: «¿Qué hace que la vida tenga valor para vos?». Vivimos en una época de incertidumbre; la gente se aferra a lo que encuentra buscando significado y propósito. A veces se aferra a cosas que hacen daño. Yo soy de los que creen que, aunque el mundo cambie, siempre hay principios fundamentales inmutables que valen la pena, si no abrazar, al menos mantener cerca. Son esos principios los que intento mostrar en estas dos obras. No sé si esto persistirá en mis siguientes trabajos enfocados a la ciencia ficción, pues con este género manejo otro tipo de códigos.
18. Ahora estás trabajando en Espacio intrasolar, tu tercer libro, y quieres utilizarlo como punto de partida para construir un universo literario de ciencia ficción. Si tus primeros libros miraron hacia las personas, la memoria y la frontera, ¿Qué quieres descubrir mirando hacia el espacio?
Para mí, Espacio intrasolar es un trabajo muy importante, pues representa una síntesis. Yo tengo dos perfiles de escritor: el que escribe cosas cercanas, sobre hechos reales o basados en la realidad, donde se refleja la cultura, las personas en su hermosa sencillez y sus conflictos mundanos, pero igualmente importantes; y el otro perfil, el del adolescente que deseó por primera vez sentarse a escribir y al hacerlo lo hizo pensando en naves espaciales, robots, aliens y conflictos sociales enormes que transforman futuros hipotéticos. Durante mucho tiempo ambos perfiles me parecían irreconciliables, pero me di cuenta de que no quería ser dos escritores en uno —no creo tener la fuerza ni la voluntad para sostener algo así—, por lo que, cuando Espacio intrasolar fue tomando forma, me di cuenta de que era la oportunidad de unir por primera vez al adolescente fantasioso y al adulto realista.
Esta tercera obra es de ciencia ficción dura y mezcla la cultura, las tradiciones y la cercanía humana en los pequeños gestos cotidianos con ambiciosas gestas espaciales, sociedades experimentales y tecnología avanzada. Trata sobre cómo los pueblos del sur de América cooperan para tomar las riendas de su futuro y se embarcan en su propia odisea colonizadora para abarcar los cuerpos celestes del sistema solar. Así y todo, siguen siendo personas y con ellos se llevan sus identidades como individuos y como pueblos, interactúan entre sí y, eventualmente, empieza un mestizaje que da lugar a algo completamente nuevo. Escribir este libro fue algo que me dio una gran satisfacción y, si los lectores logran sentir al menos un poco de ese placer al leerlo, ya me doy por satisfecho.
19. La ciencia ficción es tu género preferido. ¿Qué posibilidades te ofrece que quizá no encontrabas en tus anteriores proyectos? ¿Qué temas humanos te gustaría poder explorar utilizando otros mundos, otras sociedades o incluso otras formas de vida?
Las posibilidades son infinitas, porque me encanta especular con lo que puede pasar y con las cosas que ya están pasando en el mundo real, en la actualidad; hay tanto que puede ser imaginado que me marea ponerme a pensarlo. Vivimos en un mundo donde la ciencia ficción deja de ser ficción día a día, y uno ya no sabe si lo que va a escribir va a terminar volviéndose real, a no ser que se vaya a los extremos más absurdos de la ciencia ficción blanda. En lo personal, me gusta explorar temas humanos como la expansión y adaptación a nuevos entornos, las sociedades experimentales, los cambios sociales radicales, la aplicación de ciertas tecnologías a contextos individuales o poblacionales y la interacción humana con otras formas de inteligencia. Todo esto puede sonar muy extravagante, pero, si uno se pone a pensarlo, ya estamos haciendo todas estas cosas en mayor o menor medida; eso es lo que me fascina del género: hablamos de cosas disparatadas que pueden terminar volviéndose reales; a veces el plantearlas es el disparador para que ocurran en la realidad eventualmente.
20. Después de aquel sueño que comenzó en la adolescencia, de El peso de los milagros, de Relatos de frontera y ahora de Espacio intrasolar, ¿Cuál es el gran sueño literario que todavía te queda por cumplir?
Mi gran sueño es compartir mis obras con tanta gente como me sea posible. A esto se le suele llamar fama y fortuna, pero creo que cualquiera que está enamorado de escribir ve la fama y la fortuna como un medio, no como el fin. Anhelo sentirme acompañado en este camino, que la gente lea mis historias y diga: «Me encantaría hacer lo mismo», que hagan dibujos, teorías y fantaseen con mis mundos y personajes. Dentro de mí hay un niño que por muchos años se contaba historias a sí mismo completamente solo, inconsciente incluso de esa soledad hasta que maduró lo suficiente para apreciar la belleza de soñar en compañía. Esa compañía es a lo que aspiro, para poder divertirnos todos juntos en la belleza de imaginar mundos posibles e imposibles.
DESESPERANZA
Mateo Cobelas, como todo hombre de edad muy avanzada, tardó en vestirse. Lo hizo con paciencia, teniendo siempre cuidado de no perder el equilibrio y caer. Una caída podía ser algo serio cuando se acumulaba cierta cantidad de años. Afortunadamente, siempre tenía una pared cerca en la que apoyarse; su monoambiente era un lugar muy pequeño, aunque ahí acababan todas sus ventajas. Él lo llamaba, casi con cariño, su «pequeño ataúd amoblado», aunque en realidad no le tenía ningún aprecio a ese reducto mohoso y repleto de cucarachas. Sin embargo, era todo lo que podía pagar con el poco dinero de la jubilación básica universal, o así había sido hasta la semana pasada, cuando el alquiler había vuelto a aumentar y ahora debía pagarlo a costa de cortar el servicio del agua o de la luz.
No importaba, porque cuando saliera por la puerta sabía que no volvería nunca más. Se puso el abrigo y se miró en el espejo roto que colgaba de la pared. Era viejo, y eso le entristeció. Hacía mucho tiempo que su abundante cabellera había degenerado en una cabeza calva, poblada solo por algo de pelo ralo y blanco a los lados. Las patas de gallo junto a sus ojos formaban profundos surcos, así como el resto de arrugas que daban la impresión de que su cara se contraía en una continua mueca de asco y melancolía. Apartó la mirada del espejo y paseó la vista a su alrededor como un acto de despedida del monoambiente. No había pasado demasiado tiempo en él, pero aun así quiso recordarlo.
Hecho eso, abrió el cajón de su mesita de noche, sacó el revólver cargado y lo guardó en el bolsillo de su abrigo. Estaba listo para partir.
Cuando era joven, escuchaba decir a la gente del campo que no había nada como la gran ciudad, mientras que la gente de la gran ciudad decía lo opuesto, fantaseando con el campo para estar en paz. Ahora la ciudad era la única alternativa, salvo que uno quisiera volverse ermitaño. Ya no quedaba nadie en el campo. La última vez que había viajado, hacía casi una década, vio granjas abandonadas y pueblos desiertos siendo tragados por la vegetación. El fenómeno de la Gran Contracción empujó a las masas menguantes a reunirse en las ciudades más grandes a medida que el mundo se quedaba en silencio poco a poco.
Mateo caminó por la calle con las manos en los bolsillos, su mirada hosca detrás de lentes gruesos y el viento frío congelándole las orejas. La acera estaba repleta de peatones; lo mismo ocurría en las calles con los vehículos autónomos llevando pasajeros sin que estos tuvieran que manejarlos. Uno podía dejarse engañar por esa imagen, pensar por un momento que todo estaba bien y que la humanidad prosperaba saludable en otro día más de su larga historia.
Mateo había pasado una época en la que trató de engañarse con esos pensamientos. Cuando ya no pudo sostener el engaño, sucumbió al miedo; y cuando el miedo se instaló en lo más profundo de sus huesos y se volvió parte de él, cayó en la apatía.
Estaba viviendo los últimos días de la humanidad tal y como se conocía.
El fin del mundo no venía a ellos como lo mostraban tantas películas: no con meteoritos, no con guerras, no con enfermedades pandémicas. El mundo llegaba a su fin mediante una lenta putrefacción originada por una caída de la natalidad que jamás se revirtió.
Mateo podía verlo mientras caminaba trabajosamente con sus chirriantes rodillas: la acera repleta de las cabezas grises o blancas de los peatones; la insana cantidad de ancianos vagabundos durmiendo en pórticos de edificios abandonados o dentro de comercios vacíos con las ventanas tapiadas; los viejos carteles de campañas para aumentar la natalidad mediante dádivas del gobierno, la mayoría pintados con ironías crueles. La ciudad misma estaba deteriorada, agrietada y sucia; no quedaba suficiente personal para mantenerla en condiciones.
Entró en una peatonal donde encontró más gente aún, casi todos viejos: hombres y mujeres viejos, viejos altos y bajos, viejos pobres y ricos, viejos de piel clara u oscura. De vez en cuando veía una cabeza oscura o de otro color más vivo: las personas jóvenes tenían muchos años que gastar, pero por dentro eran almas ancianas y amargadas, criadas así por el mundo decrépito en el que les había tocado nacer.
Un joven de cincuenta años pasó cerca de Mateo, y este pudo captar su impaciencia: la gente a su alrededor no se movía con la rapidez que él podía, y abrirse paso siempre implicaba el riesgo de hacer caer a alguien y romperle un hueso o dos.
La tensión entre generaciones se volvía cada vez más brutal. Los pocos jóvenes que quedaban despreciaban a los ancianos por haber arruinado el mundo y por exigir cuidados que ya no podían ofrecer. Los mayores, por su parte, odiaban a los jóvenes por no luchar para que las cosas mejoraran y por abandonarlos. Con frecuencia aparecían noticias de cuidadores jóvenes que maltrataban a los ancianos a su cuidado o, por el contrario, ancianos hartos de abusos abatiendo a tiros a sus cuidadores. La poca sangre joven que aún quedaba se derramaba en esos lamentables incidentes y, cada vez que una noticia así se volvía viral, los jóvenes y los viejos discutían con la rabia de quien se siente traicionado. Unos culpaban a otros y nadie hacía nada para arreglar el problema.
¿Pero cómo podía arreglarse algo que no tenía arreglo?
Pasó junto a un pequeño parque infantil en una plaza. No había ningún niño; los juegos estaban cubiertos de herrumbre y un perro defecaba en el arenero cubierto de malas hierbas. No recordaba la última vez que había visto a un niño en persona.
Al comienzo, cuando era pequeño, la caída de la natalidad era apenas un rumor; la gente solía decir que con los avances médicos se viviría más y mejor, y que de todos modos no necesitarían tantos niños. Mateo ya tenía más de cien años: era producto de esa ciencia médica milagrosa y para lo único que le había servido era para soportar una vida de pobreza y soledad.
Cuando terminó la universidad, el rumor se había vuelto una realidad innegable; la gente solía decir que el campo de la robótica y la inteligencia artificial daba pasos gigantescos y que todos tendrían sirvientes mecánicos que los asistieran.
De vez en cuando, Mateo se encontraba con algún robot: si no eran propiedad de multimillonarios, estaban tirados en algún callejón o vagando sin rumbo, dando tumbos y soltando incoherencias como borrachos. Mantenerlos era muy caro y la mayoría de la gente ya no tenía dinero para comprarlos.
Estaban más allá de cualquier posible solución. Todos tenían parte de la culpa: generación tras generación instaló la idea de que tener hijos era perder libertades, y apareció una alergia a la responsabilidad parental al mismo tiempo que una adicción al hedonismo. Ese dinero para los niños era mejor gastárselo en viajes, ropa, comida cara o un mejor auto. ¡Vive el momento!, ya otros se encargarán de engendrar y dar la vuelta a la pirámide invertida.
Mateo no quería hijos; pasó toda su vida asumiendo que otros los tendrían. Resultaba casi cómico: todos habían pensado lo mismo.
Bueno, no todos, admitió Mateo. Había un porcentaje de la población que sí quería, pero entre aquella minoría de padres potenciales se descubrió con horror un alto porcentaje de esterilidad. Peor aún, entre los niños que sí lograban nacer, un número alarmante presentaba discapacidades profundas, físicas o mentales. Seres frágiles que necesitaban cuidados permanentes. No representaban una futura fuerza laboral, sino una responsabilidad vitalicia. La culpa se repartía entre los microplásticos, el estrés crónico y la automedicación. Otros más conspiranoicos señalaban a gobiernos, grupos terroristas, alienígenas o la ira de Dios. Sea cual fuera la razón, la gente ya no solo no quería hijos, sino que ya casi no podía tenerlos. No había manera de reemplazar a las generaciones que envejecían y se jubilaban, no en la cantidad que hacía falta.
El semáforo se puso en rojo y Mateo se detuvo, apartándose de sus pensamientos. El cielo estaba nublado y unas gotas heladas le mojaron las mejillas. Algunos a su alrededor, refunfuñando, abrieron sus paraguas.
Vio una jauría de perros cruzar la calle; los autos no los asustaban y se detenían para dejarlos pasar.
«Ahí van los herederos del mundo», pensó. Porque muchas personas, aunque no querían hijos, sí querían sentirse como padres. La población de animales de compañía se había multiplicado por mil en las últimas décadas, y aquellos que conseguían marcharse cuando sus dueños fallecían pronto se reunían con sus semejantes y formaban vastos grupos de animales callejeros que peleaban por territorio, orinaban y defecaban en todas partes, comían de la basura y, según los rumores, se comían también a algunos vagabundos.
La luz del semáforo dio verde, pero Mateo no sintió deseos de avanzar. ¿Quería seguir viviendo para ver un mundo peor que el que conocía?
¿Qué clase de mundo sería ese? Tal vez uno donde solo quedaran pequeñas tribus de personas con retraso mental peleando como bestias contra perros y gatos asilvestrados, luchando por los restos de una civilización muerta que jamás serían capaces de comprender. Tal vez ese era el destino irrevocable de la especie: un círculo atroz donde, estando en lo más alto, solo les quedaba caer de vuelta a los orígenes, al salvajismo, la superstición, la ignorancia, la idolatría y la lucha contra la naturaleza por la supervivencia. Todo por causa de la conveniencia, de la comodidad.
Y lo peor es que no podía mirar al mundo desde arriba y reprocharle su insensatez. Él había sido tan insensato como todos los demás.
Y deseaba ser lo bastante insensato para no verlo ahora, para no sentir el peso del final de la historia.
En el pasado ocurrieron cosas horribles, pero no creía que nadie de eras pasadas tuviera que cargar con la certeza de que el fin de la especie estaba cerca: un fin al que se habían rendido sin luchar, al que esperaban con resignación y abandono.
El desprecio que sintió por sí mismo y por todos le hizo moverse otra vez. Ya estaba cerca. Metió la mano en el bolsillo del abrigo, donde tocó la áspera culata del revólver.
El banco estaba repleto: fila tras fila de personas que venían a buscar su jubilación básica universal. El guardia de seguridad más cercano estaba sentado sobre una banqueta, dormido; tenía tal vez la misma edad de Mateo.
Sacó el arma del bolsillo. No le tembló el pulso cuando empezó a disparar al azar. Un disparo, dos disparos. Una persona cayó con el tercer disparo, su brazo alcanzado por una bala. Continuó disparando hasta que el arma quedó vacía. Varios guardias lo redujeron. No se resistió.
Lo que había hecho Mateo no era un acto de locura ni ningún tipo de absurda venganza contra la sociedad. En realidad, solo había repetido una estrategia que se había vuelto tristemente común: cometer un crimen con el objetivo de terminar en la cárcel.
No era la primera vez que lo hacía; años atrás había cometido un delito menor para tener un techo y comida caliente. Pero se había portado bien tras las rejas y lo liberaron por buena conducta.
Sin hijos, sin familia, sin trabajo, sin un sistema que lo ayudara lo suficiente ni nadie que reclamara por él, sabía que en libertad moriría de hambre o de frío en cuestión de meses.
No quería lastimar a nadie, no era una mala persona, pero la cárcel era el único lugar donde alguien como él todavía podía recibir cuidados, tener compañía, asistencia médica, calefacción y rutina.
Mateo volvió al pabellón donde había sido encerrado durante los años previos a su liberación, y los reclusos, desde sus celdas, vitorearon su nombre. Los saludó con lágrimas en los ojos: ahí estaba su única familia.
Mateo no tenía esperanzas para el mundo, pero, por primera vez en meses, sintió algo parecido al alivio.
Había regresado a casa.
Link para poder conseguir sus libros:
Relatos de Frontera – Axel Germán Jouck
BIOGRAFÍA DE AXEL GERMÁN JOUCK:
Nació en la ciudad de Formosa (Argentina). Publicista especializado en redacción creativa, ha desarrollado una trayectoria profesional que abarca áreas tan diversas como el modelaje de pasarela, la asesoría de ventas y el coaching ontológico; experiencias que han enriquecido su mirada sobre las personas, las historias y los procesos de transformación humana.
Como escritor, ha aparecido en numerosos medios de comunicación locales a través de entrevistas y participaciones en programas culturales. A lo largo de los años ha colaborado en diversas antologías literarias publicadas en Argentina y Paraguay, consolidando una obra marcada por el interés en la identidad, la memoria y los vínculos culturales de la región. Es autor de los libros El peso de los milagros y Relatos de frontera, este último centrado en historias inspiradas en la vida, las costumbres y las experiencias compartidas a ambos lados de la frontera argentino-paraguaya.
También fue responsable de la escritura del libro autobiográfico Mis viajes con José Gaspar, del destacado actor teatral paraguayo Jorge Ramos, aportando a la preservación de una trayectoria artística de relevancia para la cultura regional.
Además de su labor como autor, impulsa y acompaña iniciativas culturales orientadas a promover el diálogo entre disciplinas artísticas, la integración regional, el fomento de la lectura en las nuevas generaciones y la valorización del patrimonio humano y creativo de su comunidad.
Actualmente trabaja en su tercer libro, Espacio intrasolar, con el que planea dar inicio a un universo literario de ciencia ficción, su género preferido.
Entrevista por: Manuel Quiroz
